Ding dong.
Hasta hoy no me había parado a pensarlo, pero es curioso: apretando el botoncito que hay por fuera de la puerta de entrada a mi casa, una cajita negra llena de polvo que está encima del paragüero hace "ding dong". Efectivamente, es el timbre.
Hallábame yo degustando unas sabrosas tostadas, acompańándolas de leche con nescuic, cuando de repente alguien ha apoyado su dedo sobre el botón, y el timbre, después de 15 ańos de impecable servicio, ha ido y se ha muerto el pobre. En vez de "ding dong", emitía un agonizante "cloc cloc" que de verdad daba pena. Después de atender a la visita asesina (ni siquiera ha dado el pésame la muy...), a mi madre se le ha iluminado la cara, porque hasta ese momento no se le había ocurrido ningún recadito estúpido con el cual rellenarme la mańana del lunes. Ha dicho: -"Hala, vete a buscar un timbre nuevo, y lo instalas. Toma 10 euros, no compres uno más caro". Y después: -"Ah, y trae también una barra de pan".
He bajado a la tienda de enfrente de mi casa y ha habido suerte, porque les quedaba un único ejemplar de timbre común, todos los demás emitían melodías muy largas, y eso yo lo veo de un cursi que no veas. Aquí un "ding dong" y punto.
A la media hora, ya estaba el timbre instalado. Mi madre ha timbrado aproximadamente unas cuarenta veces, después ha dado el visto bueno y ya me ha dejado salir a perder el tiempo un poco.
Si llamas a la puerta y acudimos, es gracias a mí.


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