9.7.03

El Camarero.
Hay personas que no forman parte de tu familia, ni de tu círculo de amigos, ni han ido a tu mismo colegio, ni han trabajado contigo nunca, pero sin embargo sientes hacia ellas un especial cari?o, una especial simpatía, o llámalo como quieras. Una de esas personas era el camarero del bar de turno al que mis amigos y yo hemos estado yendo durante a?os a tomar café y a jugar alguna partidita de cartas que otra. Él se murió hace muy poco, y hoy he ido a su funeral.
Él dignificaba el trabajo de camarero. Su rostro, que ya no podía ocultar el cansancio y el hastío de muchos a?os y muchas horas de barra, era sin embargo el rostro de un auténtico profesional. No ponía los mejores cortados, ni los mejores vinos, ni las mejores papas, pero al menos para mí, era el que mejor los ponía.
Al mirarle, al charlar con él, yo siempre le veía desubicado, fuera de sitio... Siempre detrás de la barra, siempre con su pajarita, lograba que el tugurio más asqueroso y cutre del barrio pareciera el mismísimo bar del Hotel Ritz.
Tal vez por eso murió detrás de la barra. O tal vez simplemente se murió allí porque su jefe cabrón le hacía trabajar 16 horas diarias. Qué más da.
El caso es que te recordaremos siempre, Alberto, brindaremos por tí, y donde quiera que estés espero que estés sonriendo, fumando tu puro y tomándote tu copita, diciéndole a Dios: -"Ahora te toca a tí, compadre, ponme otra , y rapidito."